I. La estación
Me gusta caminar, deambular,
errar con rumbo, ser un tren nocturno,
sentir bajo los pies la desnudez
reseca del cemento congelado
en las calles desiertas, coincidir
con el silencio decadente y líquido
que aguarda en los semáforos borrachos
y en las fuentes ausentes,
con la respiración difuminada
del sol crepuscular,
esa trémula luz que bosteza en el aire
mientras la ciudad duerme en la distancia
y sólo los pardales y los gatos
hacen algo importante por la vida.
Siento la arista abierta de la helada
atenazar sus labios en jirones
de carne de mi rostro
-aliento de mordazas y de dientes-,
y un leve escalofrío de puñales traidores
en los puños inhóspitos de la chaqueta escasa
por donde se desbordan temporales
de espasmos subrepticios como látigos húmedos,
que me incomodan, me destemplan, buscan
el íntimo calor que sobrevive
en esta noche ferroviaria y mía,
en esta oscuridad de vino y tren
que pretexta y ampara
mis incursiones al poder del frío.
En la estación de luces y vapores
está vacía la cantina vieja,
aunque el estruendo de bombillas sordas
y de estresantes tragaperras mudas
-gritos de luz intermitente, flashes-
irrita mis oídos y mis ojos,
llenándolos de ruidos y espejuelos difusos,
de nubes de sonidos luminosos
y ciegas pesadillas de una abstracta
luz de resaca que devasta el tiempo
a estériles cabinas y kioscos de flores,
a los platillos, cucharillas, tazas
que abarrotan de brillo mostradores
y máquinas de zumo y bocadillos.
Como si todos los expresos trenes
hubiesen concertado la salida,
llenando de vacío los pasillos.
II. La llegada
¡Que viene el tren!.., y estalla la energía,
el trajín que precede a la arribada,
la viva ceremonia articulada
del hierro catenario en sinfonía.
Despierta la estación que adormecía
con sueños de maleta apresurada,
y asoma alguna lágrima escapada
llorada por adiós o de alegría.
Llega el convoy con tiempo cada día
al juicio del andén y la parada,
exhausto, celebrando galería
de vagones que escriben la mirada
del Tiempo estacionándose en la vía,
volviendo a inaugurarse en la llegada.
III. El tren espera
Observo a los viajeros que consumen
los últimos instantes de la espera
con ansiedad o calma. El maquinista
comprueba los manómetros, los pernos,
ajusta los reglajes de tracción
con minuciosa diligencia exacta;
los agentes accionan las agujas,
se calibra el encaje de las bridas,
las órdenes circulan, el reloj
apura su desgana bajo el brillo
de luces que provienen de altos báculos
que parecen llorar;
suena un golpe metálico, una barra
estridente que anuncia la partida.
Resucita el trasiego de cosas y personas
en el andén cubierto que resguarda y preserva
del exceso de nieves o de lluvia,
del sol imperativo,
de polvo de traviesas y balasto,
de oxígeno glacial en las heladas,
del viento irracional en los pretiles
desnudos de hormigón.
Se agita, bulle, vibra un eco sordo
de voces que se cruzan, se solapan,
se amalgaman, se funden en babeles confusas
a lo largo del cuerpo articulado
que expresa su impaciencia con murmullos
eléctricos y nervios convulsivos.
El tren es un imán para el sonido.
Los vagones se pueblan de saludos
y de adioses escritos en los ojos;
dicen adiós también las portezuelas,
las bielas de las ruedas, las balizas
luminosas que cambian de color
sobre el telón de negro fondo en la noche negra
que envuelve al tren en frío.
Niños inquietos juegan, chillan, entran,
salen, ajenos al momento; ríen;
impregnan con sus risas cada eco
apartado de bancos y macetas.
Algún soldado solitario duerme
con cansancio y destino de cuarteles
la penúltima hora de permiso.
Una pareja se da un beso eterno:
las manos nunca quieren despedirse
de las manos que besan.
Finalmente, se escucha la señal
que ordena la salida,
y el tren arranca con pereza grave,
con determinación absoluta y perfecta
de mecanismo vivo autoportante,
con vocación de inercia semoviente,
con engranaje, automatismo, fábrica
alongada que activa sin fin su propia fuerza,
precipitándose a un abismo plano
de horizontal impulso,
de gravedad motriz que se acelera
vertiginosamente en los raíles
decididos que huyen al punto de evasión
donde mueren las líneas paralelas.
IV. La partida
EL TREN EN MARCHA escribe la poesía experta
que el llano solitario de ritmo consonante
expresa en cada poste tendido en el constante
paisaje repetido tras la ventana abierta.
Con rima de traviesas, en vía descubierta,
va recorriendo estrofas de metro itinerante,
creando las metáforas que alojan el instante
que flota tras su paso por la estación desierta.
Los furgones son versos de regular cadena
que avanza articulándose con cadencia mecánica
por el sobrio cuaderno de meseta oceánica.
Océanos inversos, sucesión que se ordena
en sistema y camino, en espacio y mensaje,
en destino y poema viajando al lenguaje.






